Cuando pensamos en una motocicleta, aunque no nos demos cuenta, la imaginamos 'a lo europeo'. En la mayoría, la gran mayoría, nos vendrá a la mente una moto lúdica, cuya función principal será la de causarnos emociones dinámicas. Una deportiva, tanto de campo como carretera, o una moto de viaje de larga distancia, nos hacen soñar, nos hacen disfrutar, experimentar sensaciones. Su cometido no es necesario per se, pero concuerda perfectamente con nuestro estilo de vida: puedo hacerlo... aunque luego no lo haga.
Otro caso es el de las motos estéticas, cuya principal función es similar pero distinta, pues busca el disfrute de la imagen, de la forma y, también, del lucimiento. Ahí motos custom, clásicas e, incluso, deportivas y grandes trail entran a la perfección.
Y luego tenemos las motos prácticas. Ahí seguro que la cabeza se nos va a lo que vemos actualmente en manos de repartidores, las que usan (usamos) muchos para desplazarnos al trabajo o estudio, a las cada vez más numerosas motos de alquiler por minutos. Hablo, mayoritariamente, de los scooters, con su hueco para el casco, con su facilidad de conducción, su protección ante las inclemencias. También entran esas humildes pero valerosas 125 o algo más de marchas, sencillas, simples de solemnidad, que sólo quieren cumplir con su cometido: transportar pidiendo poco.
Pero el mundo no es Europa. Ni mucho menos. Cuando pensamos en algo práctico, siempre vamos a la ciudad. Muy pocos recordamos, o conocemos, esas motos que hace cuarenta, cincuenta y más años rodaban por nuestros pueblos y campos, la gran mayoría ciclomotores automáticos, fáciles, baratos y prácticos en cuanto se les aplicaba una cesta de carga, unas gomas bien estudiadas o alguna alforja. Aquellos sufridos aparatos, siempre llenos de polvo y barro, siempre con esos chorritones de tierra mezclada con aceite, esos golpes y pintura quemada, sirvieron durante décadas a nuestros trabajadores rurales, que vieron en ellos lo prácticos que eran. Y eso era suficiente.
Yamaha AG 200: Europa no es el Mundo
Ahora, eso es en España, en Europa que, aunque grande, no es el mundo entero. Si miramos en continentes más pobres, o mejor 'menos desarrollados' como le gusta decir a muchos, ahí siguen usando la motocicleta como medio de transporte, de carga, de desarrollo. Y una de ellas es la Yamaha AG 200, una trail absolutamente deliciosa gracias a su simplicidad extrema. El motor está refrigerado por aire: adiós problemas con radiadores, manguitos y bombas. La alimentación es por carburador: sencillez de reparación en cualquier lugar. El arranque tiene no sólo motor eléctrico, también palanca por si la batería no está en su mejor momento. Los frenos son de tambor, más robustos que los discos ante los golpes e inclemencias, suficientes para frenar el empuje de un humilde motor de 196 cc y apenas 16 cv a 7.000 rpm. El escape, como debe ser, va por arriba, lejos del suelo y del agua.
No son estas las únicas cosas que le definen. Para su uso tan centrado en transportar con robustez y capacidad máxima, vemos dos grandes parrillas, una trasera y otra sobre el faro delantero. El asiento monoplaza es grande y mullido, listo para aguantar horas de caminos duros. Las llantas son de acero, el cárter tiene protectores metálicos, lo mismo que las manetas. Los guardabarros tienen unas largas y anchas prolongaciones que protegen de barro, polvo y piedras. La cadena de transmisión va carenada, como aquellas humildes Bultaco de los sesenta, uniendo protección y limpieza. Su consumo es bajo y la autonomía alta, sobre los 350 kms. Y como guinda final, tiene dos patas de cabra, una a cada lado, para que la puedas aparcar según el terreno.


1 comentario:
Motos para toda la vida, no como las de ahora, que son "mírame y no me toques", con tanta electrónica, sensores y dispositivos que sólo traen problemas y averías.
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