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12 febrero 2014

2.-Grass-Track vs. Garden-Enduro:


Cuando eres un niño se aprende más por experiencias vividas que por lo que te cuentan. Pues nosotros tuvimos que experimentar en nuestras propias carnes la diferencia entre terreno liso y empinado, tanto en el tipo de diversión que brindan, como en el tipo de heridas, como en el tipo de daños causados.

Ya he contado que casa Pont era lisa y amplia, y eso tenía su diversión, sus limitaciones, sus consecuencias y sus lesiones: cuando los padres y abuelos no estaban en la casa, montábamos unas carreras de “Grass-Track” que ya le gustaría a Kenny Roberts y su rancho que se le hubiesen ocurrido a él. Eran pura adrenalina, divertidísimas. Pero monótonas: sólo podíamos hacer eso, no había otra diversión con una moto. Pero nos divertíamos una burrada durante 3 ó 4 horas, más o menos lo que tardaba la sangre en aparecer en nuestras peladas rodillas, o en romper alguna maneta, o en destrozar el césped de manera que no pudiésemos tapar las “chuletas” pisándolas, como cuando juegas a golf.
Salvando las distancias, este era yo con 8 años sobre la Chispa


El Grass-track es una modalidad altamente recomendable. Es muy seguro: seguro que te caes, ¡seguro!, ¿qué es esto de inclinar en césped?, pues eso, caída segura. Pero a la vez es muy seguro en cuanto a hacerse daño de verdad. Caes en mullidito, hay escapatorias infinitas, deslizais tú y tu moto sin empezar a voltear y enredarte con ella, la moto casi no se hace nada: quitas la hierba de las estriberas, puños y manetas, te levantas y sigues. Al ir con esas motos tan bajitas estás muy cerca del suelo todo el rato, y al ir con ruedas de tacos de trial (los pequeñitos), y más si el césped está ya un poco reseco, resultaba una combinación perfecta, y se llegaba a rozar rodilla bastantes veces, muchas, hasta que te vas al suelo, ineludiblemente.

Teníamos montados un par de circuitos. Uno era un óvalo.
Cada recta debía tener unos 30-40 metros, lo justo para poner recta la moto, intentar un adelantamiento en la apurada de frenada, y tumbar la moto hasta encontrar el límite. Las carreras eran a cinco vueltas, pero casi nunca llegábamos a cumplirlas. El 99% de las veces se ganaba por eliminación al llegar a la 3a vuelta y quedar sólo uno en pie. El óvalo sólo lo usábamos como calentamiento, hacíamos 3 ó 4 carreras, para coger el tacto a las motos, y ya pasábamos al circuito de verdad, “al que distingue a los hombres de los niños”.

El otro circuito era muy, muy divertido. Era tremendamente variado en su trazada, incluso atravesábamos un estrecho puente de piedra y madera que cruzaba un pequeño estanque (con sus patos) con forma de riñón, por donde sólo pasaba una moto a la vez, y que recordaba mucho a aquellos tramos de estrechamiento que tenían los Scalextric. Las curvas las marcaban los árboles, arbustos, mesa de ping pong, mesa de aperitivos, piscina y demás elementos naturales y fijos que habían por la inmensa llanura. Zigzags y slaloms infernales entre la arboleda, preciosas rectas para estripar, emocionantes chicanes en las que si te pasabas te comías el arbusto del exterior, curvas enlazadas directas donde tirarte a deslizar rodilla, pues tenían el exterior limpio, impoluto, vacío.

El sistema de competición era el único posible cuando hay 5 pilotos para 3 motos: el que gana se queda, los otros dos, a la p*ta calle. Podríais pensar que quien llevase la Lobito, (el mamotreto subido a 175) debería arrasar, pues nada más lejos de la realidad. Su altura era un inconveniente que no compensaba la burrada de potencia que daba el motor MK-7. Ni en el óvalo le cabía aprovechar la aceleración, pues tenía que frenar mucho antes y su paso de curva era mucho más lento, ni en el circuito variado tenía la suficiente agilidad en los cambios de dirección para competir con las “medias tacitas de café” permanentemente pegadas al suelo.

En cuanto a vencedores, estábamos todos a la par, hasta Carolina, ganábamos todos por igual. La única constante era que no ganaba quien le tocase la Lobito si no era victoria por eliminación.

Las lesiones, y teniendo en cuenta que íbamos en bañador, camiseta y sandalias, eran minucias: raspadas en las rodillas, abrasiones en muslos y manos y ya está. Daños materiales: alguna maneta ocasionalmente, alguna estribera o palancas de cambio y freno. Poca cosa, lo dicho, el grass-track es muy seguro. El césped sufría, quedaba hermosamente destrozado con el dibujo de la trazada. El abuelo Pont agarraba unos cabreos que se oían en Pernambuco. Al final aprendimos que los días menos dañinos para correr eran justo antes de que el jardinero segase el césped: estando alto se dañaba y se levantaba mucho menos, pero también patinaba mucho más.

La casa de mi abuelo tenía ondulaciones, desniveles, trozos lisos, resaltes, piedras, escaleras, rampas que acababan cortadas en terrazas, etc. Había mil maneras de divertirse allí: gincamas, zonas, carreras de “garden-enduro”. Yrjo Vesterinen, Ulf Karlson y Eddie Lejeune tenían sus emuladores en forma de pequeños catalanes tan pronto como mi abuelo desaparecía por unas horas. Allí las posibilidades eran infinitas, era cuestión de, simplemente, imaginárselo.

Tenía el jardín una rampa de hierba muy empinada, a unos 50º aprox., que se cortaba para acabar en una terraza. A un palmo del borde entre la rampa y el corte íbamos apilando 1 bote de pelotas de frontón a cada lado, que aguantaban un zanco de madera, haciendo una suerte de listón de salto de altura. Veníamos lanzados desde abajo, subiendo la rampa lo más deprisa posible, y ¡a volar!. Íbamos subiendo bote a bote, 3, 4, 5..., al 6º bote en cada lado el zanco ya estaba a más de un metro de altura, bastante impresionante para las pequeñajas esas. Esta modalidad acabó al tercer o cuarto día, cuando tuvimos que arrastrar la C25 hasta el herrero del pueblo para que soldase el chasis partido en 3 pedazos. Ya habíamos encontrado el primer límite de esas motos. Decidimos, sabiamente, dejar esta modalidad en tablas y divertirnos de otra manera menos lesiva.

La siguiente variante era trial puro y duro, tradicional: subir y bajar tramos de escaleras, rocas, resaltes, desniveles entre terrazas: nada fuera de lo común, para eso estaban hechas esas motos, lo aguantaban todo. No así nuestros jóvenes huesos: un escafoides, varios dedos, una luxación de hombro, bastantes heridas perforantes en la espinilla al quedarte atrapado bajo la estribera... También, las típicas lesiones de trial, más si lo practicas en bañador y sandalias. Aquí yo partía con mucha ventaja, no tanto por jugar en casa, que también, sino porque yo era el único de los 5 que hacía también Trialsín, con mi revolucionaria bici Montesa C10, y esas zonas me las conocía al dedillo, de haberme dejado los morros en todas y cada una de esas rocas

También hacíamos carreras de velocidad y obstáculos, o sea “garden-enduro”. En casa de mi abuelo era donde la monstruosa Lobito sacaba todo su potencial: sorteaba los obstáculos mucho más fácil y rápidamente debido a su mayor altura, y entre zonas, en subidas y bajadas, con su infinita mayor potencia, sólo la veías alejarse, ergo ganaba siempre Oriol, pues no había quien le bajase de su Lobito.

Mi abuelo también tenía sus seguidores por Pernambuco, pues sus pulmones también eran capaces de llevar las noticias de nuestras perrerías a los fieles aficionados brasileños. Ni con el trial ni con el salto de altura se dañaba el jardín, pero con el garden-enduro quedaba algo parecido a un campo de minas después de bombardearlo con napalm. ¡Vaya destrozos! A las trazadas y derrapadas había que añadirles las caídas de los saltos, y ahí, querido lector, ahí es donde de verdad se crean los buenos socavones de tierra levantada, las hermosas roderas tan características de un campo de cross bien amortizado.

Suerte que en el pueblo la hierba es silvestre, que llueve casi cada tarde, y que los desperfectos, en una semana quedaban casi tapados con la nueva hierba nacida.

1 comentario:

MiguelXR33 dijo...

Me vuelvo a morir de envidia por lo bien que te lo pasabas de joven... Y qué bien me lo paso yo de mayor leyéndolo. ¡¡¡Muy bueno!!!

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