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22 mayo 2011

Los años 70. Motos, gamos y tías buenas.


 Todo lo que aquí se cuenta es rigurosamente cierto. Al menos hasta lo que yo recuerdo. La memoria suele ser muy mentirosa y de la mia cada día me fio menos. Y no se lo reprocho, al contrario, le doy las gracias por obsequiarme cuando rememoro tan gratos momentos, aunque fuesen falsos.
 
Conocí a Pablo Ibarra en mi finca. Llego con mi hermano  Alejandro para pedirme que  le arreglase la moto.

Tenía una OSSA  EXPLORER 250, recién estrenada,  pero  con problemas de carburación.  Pablo es alto,  guapo, rubio y con los ojos claros, pero lo más  destacable que podemos decir de él es que es tonto y  su familia muy rica.

En ver la avería de la moto tarde poco: la goma que unía el  filtro del aire con el carburador se doblaba al acelerar, cerrando el paso del aire.  Si Pablo hubiese sido mi amigo habría perdido el tiempo en arreglarla, sabiendo yo lo importante que es el filtro en una moto de campo.  Pero siendo quien era, me limité a quitar la goma y decirle “ya está arreglado”. Se deshizo en elogios hacia mí, volviendo a poner de manifiesto su supina estupidez.

Alejandro y yo sabíamos que en esas condiciones el cilindro iba a durar menos que un caramelo en la puerta de un colegio, habida cuenta de lo polvoriento del terreno. Pero no penséis que somos malas personas.  Éramos adolescentes  y  no íbamos a perder la oportunidad de aprovecharnos del subnormal del terrateniente.  Naturalmente  Pablo me ofreció probar la moto y yo acepté.

Como lo que yo quería era subir trialeres, propuse que ellos cogiesen mi brico 74 y juntos fuésemos a la finca de Pablo, que se encontraba a las faldas de la sierra de Esparteros.

Llegamos a su finca y nos recibió su hermana con dos inglesas con las que hacía un intercambio  para practicar idiomas, tal como era frecuente en las niñas bien de la época.

Las inglesas eran dos jaconas, no muy guapas  pero  de generosas formas, lo que entonces nosotros llamábamos una tía maciza. Estaban aburridas porque apenas salían de la finca. Jauu arrr  lluuuú, les dije, a lo que rieron a mandíbula abierta.  Ni mi hermano ni yo hablábamos idiomas por entonces,  lo que suplíamos con creces con nuestra desvergüenza y natural desenvoltura.

Soy más bien feo, pero dispongo de  dotes superlativas seduciendo tías. Podría decirse que es por mi inteligencia, mi simpatía, mi sonrisa picarona, mi personalidad, mi descomunal  cultura… y si, puede que todo eso tenga algo que ver,  pero la verdadera fuente de mis habilidades  es  que huelo cuando una tía está caliente.  Y las dos, pero sobre todo la más grandota, destilaban tal cantidad de feromonas que debían de olerse a un kilómetro a la redonda.

Mi hermano me hizo un sutil gesto con la ceja, inclinando levemente la cabeza hacia la que le gustaba, lo que sólo las inglesas y yo entendimos. Sin palabras, con una lánguida mirada, entre risitas, nos dijeron que si, que se morían de ganas de salir con nosotros.

Mujeres hay más que habas, pero OSSA EXPLORER en el pueblo había sólo una, por lo que yo puse en orden mis prioridades y le dije a Pablo que quería volver a probar la moto a ver que tal subía por las piedras. A la grandota, katy creo que se llamaba, se le escapó un gesto de desagrado cuando dije de marcharme con la moto, lo que aún antes de tocarla me confirmo que ya era mía. Mejor así, me dije.  Que por el momento se quede con ganas, que ya se las quitaré más adelante. 

Tomé el camino de la sierra, un carril recto, casi sin baches, sin peligro. Aunque la moto estaba en rodaje, fui casi a tope, dándome el gusto de desvirgarla,  por lo que  tardé pocos minutos en llegar.  Sabiendo que el dueño era un tonto que no sabría ni quejarse,  no dudé en pegarme una hora subiendo trialeras, cayéndome varias veces, con los ojos humedecidos de placer.

Me decidí a subir una cuesta realmente empinada para acceder a la zona donde algunos catalanes  que trabajaban en el montaje de las fábricas solían hacer trial. Cayéndome cada dos por tres y  empujando la moto, por  fin llegué  a un pequeño llano al que  se podía acceder por carril, donde unas cabras pastaban plácidamente. Claro está que decidí volver a bajar y subir la cuesta varias veces para practicarla.



Al segundo intento todo fue mejor. La moto, que era mas trail que enduro desde el punto de vista actual, tenía la primera un poco larga para ese tipo de dificultades, por lo que acelerando bastante subí  abusando del  embrague, sin pensar mucho en el retrasado mental de Pablo. Repetí la jugada un par de veces, hasta que di la cuesta por dominada.

A la última vuelta se sienta el perro. Decidí volver a subirla por última vez, ahora ya en segunda, con el motor a tope  y sin contemplaciones con el embrague, el cual, a causa de mi inexperiencia,  unos cincuenta metros antes de coronar la cuesta  terminó por quemarse. O eso pensé yo.

Fui  a píe para pedirle al cabrero que me ayudase a subir la moto al rellano, al objeto de llegar  al carril que me conduciría cuesta abajo directamente a la carretera.  El cabrero, amable, me acompaño en seguida hasta la moto y juntos empezamos a empujar.  A la de tres, decía, y avanzábamos unos metros antes de descansar un momento para recobrar el aliento. Al segundo jalón,  el cabrero conforme empujaba  empezó a bramar aggg, aggg, aggg.

Al escuchar los gemidos de su dueño y verle  la cara de sufrimiento por el esfuerzo, el perro pensó que yo le estaba pegando al cabrero, por lo que se tiro a mis pantorrillas y me pegó un fuerte mordisco del que comenzó en seguida a manar abundante sangre.

El cabrero, que se llamaba Pedro, le dio una patada al perro y terminamos de subir la moto. Se despidió de mi disculpándose, en el momento que yo tomaba el carril para descender a la carretera. 

Como Alejandro había supuesto  a donde  me había dirigido,  ellos habían cogido mi brinco 74 para venir a buscarme, puesto que ya me retrasaba mas de dos horas.

Nada más ver a Pablo le increpé gritándole que como coño me deja una moto rota, que me ha dejado tirado.

¡Mira lo que me ha pasado por tu culpa! ¡Mira la sangre que tengo!

Pablo, que además de ser tonto carece de la más mínima personalidad, se amilanó de inmediato, pidiéndome mil perdones y ofreciéndome volver  a su casa para curarme.

Cuando llegué los padres de Pablo se habían ido a Sevilla, por lo que teníamos el camino despejado con las tías. Se hacía de noche y refrescaba. Mientras los demás se fueron al salón junto a la chimenea, Katy, que estudiaba enfermería,  se ofreció a curarme,  viniendo conmigo  a la cocina donde estaban las medicinas.   

Me cortó el pantalón con unas tijeras y empezó a limpiarme las heridas, mientras me hacía preguntas sobre el perro, preocupada de que tuviese la rabia. Cuando fue a coger vendas  ya llevábamos un rato rozándonos suave y disimuladamente.  La besé y empezamos a sobarnos todo el cuerpo chupando por aquí y por allá, pero sabiendo que no podíamos llegar a más porque podía llegar alguien en cualquier momento.  Terminó por escaparse  esa gotita que los adolescentes segregan cuando se magrean sin haberse acordado de hacerse la paja la noche antes.  Pero ella si se corrió sin contenerse, sin pudor, sucumbiendo a los masajes que yo le daba por encima del pantalón, que quedó completamente encharcado por sus fluidos. 

Aunque me dolía todo el cuerpo por las caídas, decidí apiadarme del retrasado de Pablo, por lo que le pregunté por herramientas para intentar arreglar la moto. Le desmonté la tapa y vi que algunos  de los tornillos que empujaban los muelles del embrague no estaban bien apretados, lo que fue fácil de solucionar.

 En cuanto al filtro del aire,  le puse por dentro  el guarda polvos del cojinete de un tractor, que evitase que la goma se doblase.  Al ver que la avería era problema de fábrica, Pablo se deshacía en piropos y agradecimiento hacia mí, prometiéndome que buscaría la forma de compensarme.

Nos dijo que quería que fuésemos otro día  a la finca del conde de la Massa donde estaba un tal Alejandro Lequio, hijo del conde Lequio, primo del conde de la Massa, que tenía una pursang 250 en Italia y que quería salir al campo con nosotros con las motos de sus primos, una cherpa y una lobito 125.  Se nos pusieron los ojos como platos, porque hacía tiempo que queríamos ir a la finca del conde para matarle un gamo. La oportunidad era única, porque así podríamos ver el terreno y planear la forma de llevar a cabo nuestros planes.

A algunos  os parecerá una barbaridad, quizás  porque no tenéis perspectiva histórica. Morón tiene un gran término municipal  de tierras fértiles, la mitad de las cuales pertenecen a unas pocas familias que viven en Sevilla o en Madrid y que tienen fincas de miles de hectáreas.  La mitad del término municipal  para cuarenta mil personas y la otra mitad para diez, que además no vivían allí.

Hasta dos años antes, la guardia civil solía vigilar gratis las fincas de los terratenientes para protegerlas.  Morón era por entonces una de las capitales del mundo de la injusticia. ¿Conocéis el libro “los santos inocentes” de Miguel Delibes?  En mi pueblo estábamos jodidos en la misma proporción, pero por suerte no éramos ni santos ni inocentes.

Ni siquiera podíamos ir a coger grumelos  o espárragos, lo que  se había permitido hasta  la guerra civil.  Al llegar la democracia la guardia  civil dejó de vigilar las grandes fincas, teniendo los condes y los marqueses de turno que contratar más guardas jurados, ya pagados por su bolsillo. Con franco vivíamos mejor, decían.

Desde hacía más de cien años,  los jóvenes de clase media del pueblo,  al menos uno por familia y una sola vez en la vida, debían ir a la finca del conde en una  noche de luna, con un burro, una escopeta desmontada  y cuatro balas en el zurrón. El resto lo podéis imaginar. Mi abuelo lo hizo en 1.917 y mi padre en 1.948. Para nosotros  más que una fechoría, era un acto cargado de simbología  política, casi  una obligación moral.

Desde que teníamos 10 años sabíamos que llegaría el día en que tendríamos que cumplir con la tradición.

Habían empezado a dolerme las diversas heridas que me hice en las múltiples caídas. Golpes en  codos y rodillas y diversos arañazos en los brazos, además de la mordedura del perro. Katy se ofreció a volver a mirármelas. Al salir del salón nos cogimos de la mano, pero no me llevo a la cocina, sino a la almazara.  Al entrar sentimos ese  frescor característico de los viejos edificios con gruesas paredes de piedra,   como en una catedral.  El verde olor ácido y dulzón  de la prensa lo impregnaba todo,  mezclándose con nuestro sudor.

Sin mediar palabra empezamos otra vez a besarnos. Le toqué los pechos  tan suavemente que   el roce apenas superaba el umbral de su percepción.  Ella comenzó a refregarme enérgicamente por encima del pantalón, y  al poco de bajarme la bragueta no pude contener la  precocidad propia de la adolescencia, derritiéndome  entre los  gloriosos espasmos de una apoteósica  corrida.

Nos despedimos melosamente, quedando  para ir al día siguiente a la finca del conde. 

Aunque aún no tenía carnet, dejé que mi hermano condujese a la vuelta, consciente del  cabreo  que tenia por no haber podido coger la OSSA ni meterle mano a su inglesita. Hermano, le dije, hoy por mi y mañana por ti. Te debo dos.

Me dormí  excitado y satisfecho. Podría coger espárragos en la finca del conde, para delirio de mi madre. Podría volver a beneficiarme a katy, para dejar bien alto el pabellón nacional,  y podría estudiar el terreno para elegir donde montarle el aguardo a los gamos.  Pero todo eso eran cosas que siempre había considerado a mi alcance. Lo que verdaderamente me fascinaba era que  podría volver a coger las motos de campo de los aristócratas.

Continuará …

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