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31 enero 2016

CONFIESO: YO FUI PULIDO POR “EL FIGURA” (novela)

Novela: CONFIESO: YO FUI PULIDO POR “EL FIGURA”

  Mi psiquiatra me ha recetado, para solucionar mi fobia, el confesar mi vergonzoso secreto en su ámbito.
  Así que pese a que no podré miraros a la cara en las concentraciones, aunque no podré entrar con mi típico aire de suficiencia en los bares de carretera, mi secreto tanto tiempo ocultado debo de contároslo a vosotros, moteros:
 Yo fui pulido por la leyenda, por el innombrable, por ese motorista anónimo al que todos en la provincia conocíamos como “El Figura”


  Mis comienzos en el trail se remontan al pueblo, cuando ni siquiera tenía carné: una típica todo-terreno española tirada en el granero del vecino de mis padres. Ella, verano tras verano, me enseñó a domesticar su motor dos tiempos, a derrapar para entrar en las curvas, a saltar, mecánica…

  Pero claro, un tío de “capi” como yo, acabó con moto deportiva en un moto-club de carretera. Y, como todos saben, me convertí en el mejor de los puertos de montaña. No había color. No me importaba la carretera, no me importaban las motos de los rivales: yo siempre el número uno, con diferencia.

  Pero pasó algo sorprendente. En una concentración (donde, claro, yo era el que más kilómetros tenía) conocí a un menda que vino con una trail bicilíndrica llena de barro y polvo “-he venido por carretera y pistas de montaña, me lo he pasado genial” me dijo. De ahí surgió un vuelta, y de ahí… lo que me costó venderle a mi vecino mi RR –pobre pardillo, con la quemada que la tenía… pero es que siempre babeaba con ella- y hacerme con el último modelo trail:  bicilíndrica de muchos cv, menos de 200kg, suspensiones largas de calidad… vamos, una máquina temible tanto en lo negro como en lo marrón.

  Con esa trail mis manos, en asfalto seguía inflingiendo duros correctivos a toda moto que osaba rodar donde yo… divertidísimo ver la cara que ponían “los RR”. Cuando conseguí conocer un grupo de traileros que rodaban rápido, no tardé en ser el líder de la manada. Ni con motos iguales, ni con ligeras endu-trail. Nadie me aguantaba unos minutos. Daba igual si el camino era de tierra dura, o barro, o arena, o grava. En subida, en temibles bajadas, vadeando ríos. Todos a ver alejarse mi matrícula.
Pero un día ocurrió…

Salí en solitario una mañana entre semana a pistear un rato y, de repente, le vi.
 Su figura, su porte, era como contaban moteros cabizbajos de mirada perdida en los bares mientras almorzaban: gordo, chaparro, con más de cuarenta años seguro, con viejas y maltratadas botas de hebillas, pantalones descoloridos, chaqueta más o menos similar, casco que tenía pinta de haber sido utilizado para jugar a rugby, y agujereados guantes de ferretería.
  Su moto no era mucho mejor. Una vieja trail monocilíndrica de aire, con cortas suspensiones, plásticos destrozados en mil salidas, neumáticos con apenas tacos dignos de ese nombre.
  Le acompañaba un joven impecablemente vestido, un novato de la moto de montaña, seguro. “El Figura” estaba comentándole algo, con toscos gestos, posiblemente aconsejándole, cuando al escuchar el sonido de mis dos silenciosos, me miró.
  Me miró y, de una forma sutil pero evidente, sonrió.



  Mi primer error, orgulloso yo, fue el no parar y dar media vuelta… aunque quizá hubiera sido peor y me hubiera perseguido, quien sabe.
  Mi segundo error fue el ponerme detrás de ellos. Al ver que arrancaban los dejé que encabezaran la comitiva. “El Figura”, el novato y yo. El nuevo la verdad es que parecía saber lo que hacía, iba finito, lento para mí claro, pero finito. Ante mis achuchadas, elegantemente se hizo a un lado y me dejó pasar. “El Figura” se giró, me miró a los ojos y su boca se convirtió en una mueca burlona, donde se veían unos dientes amarillos de mucho café y tabaco.
  Lo que siguió, todavía no lo creo.

  En un instante, la postura de “El Figura” cambió. Adoptó una pose como de tortuga intentando introducir la cabeza en el pecho, sacó los codos, levantó apenas un palmo el culo del asiento y abrió gas. Y desapareció. Como lo digo.

  Al rato, un poco más adelante le veo, rodando a puntita de gas. Nos vio llegar, nos reagrupó y apretó de nuevo. Esta vez yo estaba preparado para el envite e intenté, desesperadamente, seguir su matrícula. Su ritmo no era humano. Su forma de conducir no podía ser de este planeta. Apenas lo veía y eso que yo no había ido más salvajemente rápido en mi vida.

  Al cabo de otros agónicos minutos al absoluto límite, lo veo parado en el borde. A mí, ni me mira. Se dirige con un acento peculiar al novato que, la verdad sea dicha, apenas se había descolgado de mí. –“tú, pepinillo, como veo que el guapito este tiene ritmo, voy a tirar un poco. Te espero en el bar del pueblo de arriba.” ¿Cómo dice? ¿Que va a tirar “un poco”? ???

   Yo lo intenté, lo juro. Mi motor, el doble de potente, apoyado por los impecables tacos de mis neumáticos, no podía ser más exprimido. Mis suspensiones, infinitamente mejores que las suyas, hacían topes sin piedad, rebotaban sin remedio. Mis brazos se agarrotaban, mis manos eran una especie de pinzas sin vida, mis piernas ardían, mi pecho luchaba por no reventar.
  Apenas le aguanté dos curvas. ¡Dos!
  Creo que iba riendo… pero yo ya estaba demasiado lejos para oírlo.

  Aquella larga senda, tan conocida para mí, tan salvajemente distinta en ese momento, acababa en un bello pueblo en medio de la sierra.  En la entrada, un barecito. Y sentado en las mesas de la puerta “El Figura”, sin casco, sin guantes, sin chaqueta, con una cerveza en la mano, fumando un pitillo con  apenas unas pocas gotas de sudor en la frente. Su moto, al lado, hacía ruiditos metálicos al enfriarse. Para mayor humillación, apenas llegué unos segundos antes que el novato, que me miraba con cara de “lo sabía”.
-“No ha estado mal, guapito, no van nada mal esa moto. Así cualquiera va rápido. Bueno, te pagarás unas rondas, ¿no?”
  Pagué, claro que pagué. Hasta tres cervezas se fulminó en un momento, acompañadas por unas tapas que el camarero sacó como ya sabiendo de que iba la película. Como si no fuera la primera vez. Y tras un eructo mal disimulado, se colocó el equipamiento, le hizo un gesto al novato, me miró a la cara y me soltó  -“procura no ir tan rápido, guapito, que si te vuelvo a ver como vas siempre por esta zona te voy a poner una multa que la vas a soñar toda tu vida”.  Se subieron a sus motos verdes, del mismo color que sus trajes, y desaparecieron entre polvo y piedras.

Sí, sigo corriendo, pero en asfalto y no mucho, por una intranquilidad que tengo de encontrarme con coches blanco y verde.
En la montaña, sin embargo, apenas voy de paseo. Se comenta que “El Figura” ya no patrulla por esta zona, que cambió de destino y que volvió a su tierra. Pero cuando intento aumentar el ritmo, cuando intento simplemente no arrastrarme, por el rabillo del ojo me parece ver una figura verde, por encima del sonido de mis escapes me parece oír una risa socarrona, una monstruosidad inhumana que me persigue sin descanso.

Ya está, lo conté. Ahora solo espero que mi psiquiatra pueda ayudarme.







Dedicado a unos “verdes” que conozco a los que se lo he hecho sentir.









Relatos a la luz de una pantalla sigue aquí:

500 GP: la prueba de mi vida

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