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21 febrero 2014

3.- Las primeras motos en casa, las primeras excursiones.


Llegó un día en que mi padre ya se sentía, de alguna manera, desplazado o fuera de órbita con respecto a sus amigos, pues éramos los únicos que no teníamos ninguna moto en casa. Decidió coger el toro por los cuernos y se compró, de una tacada, para él una Moto-Guzzi Cangurito (49cc) y para mi madre una Mini-Montesa, para moverse por el pueblo (¡alegría!, ¡venga, la casa por la ventana!). Pero erró el tiro, porque mientras sus amigos tenían Sherpas, Cotas, Metrallas, Impalas y H6, los 2 ciclomotores esos no casaban para nada con el parque móvil de sus amistades.

No sé si fue ese mismo año, o uno más tarde, pero se dio cuenta que tenía que corregir, e hizo la corrección por elevación: Una Sherpa para los 2 hijos mayores y una Cota 49 para los 2 menores. La del medio, la niña, mi hermana, ya compartía los ciclomotores con mis padres (años más tarde se demostró que mi hermana era más motera que Taru Rinne, Helena Rosell y Ana Carrasco juntas: la primera vez que yo rasqué estribera fue yendo de paquete en la Impala de mi hermana por las calles de Barcelona).

Moto a moto:
La Guzzi Cangurito: fea, pero eficiente y confortable
La Cangurito era feota pero curiosa, con un cambio muy raro, una especie de manual y semi automático, pues tenía una maneta de embrague y cambio de 3 velocidades en el puño izquierda, tipo vespa, solo que era una maneta invertida, pues no salía de la piña, sino que del final del manillar. Podías soltar de golpe el embrague, que no se calaba. Símplemente pegaba un salto y un tirón. Siempre he creído que por eso la llamaron Cangurito. De motor era correcta, así como de confort en sus 2 plazas. Nada más destacable, ni positivo ni negativo.

Fea, incómoda, débil y lenta. ¡UNA JOYA!
La Mini Montesa era, simple y llanamente, INDIGNA. Así, en mayúsculas. Era fea, pero fea de verdad. Tenía un sillín monoplaza horrible y volando, y sobre el guardabarros trasero, a ras de neumático, iba el portaequipajes metálico, donde me había dejado más de mil veces el culo de ir allí sentado por los caminos de tierra y adoquín del pueblo. El manillar era todo menos ergonómico, pues al sujetarte a los puños, tus meñiques quedaban mucho más altos que los pulgares e índices, en una especie de contra-supinación. Lo peor de todo era el motor, que no tiraba nada, pero nada de nada. Baste decir que era una 50cc, y la Cota 25 se la repasaba tanto en velocidad punta como en par motor y capacidad de subir. De hecho, para subir a casa teníamos que ayudar a la moto con los pedales (de cuando de verdad eran ¡CILCO-motores!). Es con el único ciclomotor que he descubierto que realmente eran necesarios los malditos y antiestéticos pedales


Foto de Sherpa 158, la 238 era exactamente igual, pero 238cc.
Para los mayores compró una moto a un amigo suyo, que era uno de los abogados de Bultaco. Resultó ser una Sherpa 238. “¿Una Sherpa 238?? Jajaja, burro, ¡eso no existe!”, “¿ah no?, pues baja a mi garaje y la ves y te la comes!”. Media juventud me pasé con esta cantinela. Ya hablaré más tarde de la Sherpa, pues merece capítulo aparte: mi primer amor motero, con la que más me he identificado y “simbiotizado”. Pero resumiendo, la 238 era una edición especial y una rebaja de cilindrada por beneficios fiscales. Se destinó casi toda a la exportación, sobre todo al ejercito o policía francés, y las que sobraron se vendieron entre empleados de la Bultaco, y de ahí a mi casa.

Ojalá la nuestra hubiese sido así de bonita...
Para los pequeños nos compró una Cota 49 a la que habían desgraciado. Con lo bonita y esbelta que era de serie, con los guardabarros metálicos y su aspecto trialero, su “iluminado” dueño anterior, alguien del pueblo sin mucha estética motera, le puso guardabarros plásticos blancos de alguna Rieju, y para más inri, el de delante lo puso alto, justo debajo del faro, rollo cross. Para acabarlo de adornar, le puso un tubarro de ciclomotor, bajo, a la altura del eje trasero, con lo que de vadear ríos ya nos podíamos olvidar.

Aún y así esa moto nos proporcionó divertidísimos momentos, y fue una escuela inmejorable para lo que llegaría años más tarde. Nos metíamos en el circuito de cross del pueblo, hacíamos todas las salidas con nuestros amigos y sus Chispas, Lobitos, C25 o C74. Podíamos también hacer zonas, pues “aunque la mona se vista de cross, trial se queda”: su aspecto cutre-crossero no había quitado ni un ápice, salvo el vadeo de agua, de sus aptitudes trialeras.

Cuando hablo de trial, no me refiero al trial de hoy en día, de equilibrios, correcciones adelante y atrás, saltitos laterales y reposicionamientos de rueda. Ni teníamos el nivel, ni las suspensiones de muelles y el embrague directo (sin hidráulico) de esa época nos lo hubiesen permitido. En aquella época, el trial que nosotros hacíamos era de impulso, hacer la zona de un tirón y mucho golpetazo al cubre-carter.

Por supuesto íbamos sin cascos, sin matricular, sin carnet ni licencias, sin asegurar. Sólo botas y guantes, a la vieja usanza. Lo de las gafas lo descubrí yo pronto, en la tercera excursión, al rascarme toda la cara con una rama, y quedarme algunos rasguños muy cerca de penetrar en el globo ocular. No me hizo falta experimentarlo para protegerme. De las pocas veces en mi vida que me he anticipado y no me ha hecho falta sufrirlo para aprenderlo.
No soy yo, pero podría, pues iba "del palo" por el pueblo

Solíamos hacer pista forestal para empezar a subir la montaña de turno hasta que, sobre los 1300-1500 metros de altitud, la vegetación empezaba a clarear, entonces nos salíamos de la pista y recto hacía arriba, sorteando cualquier desnivel, roca o escalón, a base de impulso y valor.

Coronábamos enlazadas 2 o 3 montañas de 2.300 – 2.500 metros. Llegado un punto (determinado más por la autonomía que por el agotamiento) tomábamos un pequeño picnic que llevábamos en la mochila, y empezábamos a volver sobre el mediodía, cuando empezaba a bajar la niebla que un par de horas más tarde se convertiría en el casi seguro chubasco veraniego de cada tarde.

Y así pasábamos 3 ó 4 días a la semana, lo que tardaba la paga semanal en ser agotada en gasolina o pequeñas reparaciones. 

Me sirvió para descubrir el medio natural, para conocer la comarca, para desarrollar mis habilidades y, sobre todo, para afianzar mi eterno amor por las motos de fuera del asfalto.

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