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27 noviembre 2011

Años 70. 18 años. Matando el gamo.....


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Aunque no hacía mucho que me había comprado la montesa enduro 250 ya tenía una considerable soltura.
Sabíamos que había llegado nuestra hora: Luna llena, finales de septiembre y aún no había llovido.
Llenamos el depósito sabiendo que sería una luminosa, larga, emocionante y fructífera noche de moto, que recordaríamos toda nuestra vida.
Fuimos a casa a recoger la carabina del 22 y enfilamos los 5 km de camino por carriles.

Al entrar en la finca del conde, abrimos todas las cancelas, de forma que tuviésemos la huida expedita en caso de necesidad.
Una vez encontramos la manada, los perseguimos a cierta distancia con las luces apagadas, hasta que terminaron por pararse. No tardamos en ver al enorme macho enseñoreándose en su harén, mirándonos desafiante, bufando y bramando, acostumbrado a los humanos que le traían semanalmente alimento.
Alejandro se puso de pié sobre los reposapiés de la moto apoyando el rifle sobre mi hombro. Se lo tomó con calma, apuntándole al más grande en la paletilla. El 22 es un calibre pequeño, por lo que le tuvo que pegar varios tiros. 
 
Cuando intentamos montar el gamo en la moto, vimos en seguida que las cuernas por una parte y las patas por otra arrastraban por el suelo, de forma que era imposible transportarlo en esas condiciones.
Decidimos volver a casa para coger un hacha, no sin antes abrir todas las cancelas de la finca, a fin de facilitarnos la huida en caso de necesitad.
A la vuelta, el gamo estaba empezando a enfriarse, ganando rigidez. Debíamos darnos prisa, o de lo contrario sería un problema para transportarlo.
Le cortamos la cabeza y las patas, a la altura de la rodilla. Lo destripamos. Ya no tendríamos que transportar 80 kilos, sino 60. 
 
Las ganas de venganza suelen avivar el ingenio, lo que se unió a la natural inspiración de mi hermano. En medio de la dehesa había un gran bebedero para las bacas. En la cabecera se alzaba una cruz, elevada sobre una bóveda de algo más de un metro de altura, al efecto de que se viese desde toda la finca.
¿Dónde creéis que plantamos la cabeza del gamo? ¿Dónde la habríais plantado vosotros para poder reíros recordándolo el resto de vuestra?
Empezaba a amanecer cuando llegamos a casa. En la cocina, una gran mesa rectangular nos sirvió de sala de desguace.

Mi madre llegó a la cocina muy encabronada, llamándonos salvajes, amenazando con quitarnos las motos, las escopetas y los rifles, pero desde el principio me di cuenta que el enfado tenía parte de fingido. ¿Qué señora de una casa con pocos recursos le hace ascos a 30 kilos de carne? A los pocos minutos cambió de actitud. Sin dejar de estar seria, organizo el congelador y empezó a dar órdenes.
Mi hermana tenía por entonces un novio que estudiaba medicina, que no perdió la oportunidad de hacer prácticas de anatomía despiezando al gamo.

Ni que decir tiene que nos pasamos un mes comiendo gamo.
¿Conocéis el chiste del que se pone muy triste después de tirarse a Clauida Chifer, con la que vive en una isla desierta, por no podérselo contar a su amigo?
¿Qué clase de venganza era si el conde y familia no tenía la certeza de que nosotros éramos sus protagonistas?
Así que aún quedaba lo mejor de la aventura.
La tanto la moto como nosotros estábamos llenos de sangre.

Era san viernes y los pub de copas del pueblo estaban a tope. No tardamos en encontrar el coche del hijo del conde.
Las señoritas eran pocas, nosotros al pueblo, que es mas abundante.
Nos encontramos las ruedas de las motos vacías. Mejor así, que se den por vengados. 

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