21 febrero 2014

CON EL "A DE PLATA" EN EL BOLSILLO. 40- Aquel viaje en Febrero...

Miré un día la fecha del carnet de conducir, y me di cuenta que hace más de veinticinco años que aprobé el permiso importante, "el de moto", el A (en aquella época, A2). Así que me he propuesto daros un poco la brasa y contaros manías y anécdotas que me han ocurrido durante este tiempo. ¿Hasta cuando?... no lo sé, según me vaya acordando (algo difícil con este cerebro cada día más reblandecido que tengo)... o cuando digáis basta...


40- Aquel viaje en Febrero...

¿Qué hace bello, inolvidable, un viaje? Puede ser el paisaje… una imagen que se te quede grabada en la memoria para toda la vida. Puede ser la gente con la que te relaciones por el camino… esa persona anónima que te sorprendió con su cercanía. Puede ser la moto que lleves… la que te hace sentir “uno” con ella. Puede ser la carretera… su trazado, su tacto cuando pasan las ruedas sobre él.
Pero para mí, lo que hizo inolvidable aquel viaje de un lejano febrero de 1988, fue la compañía.

Para que os pongáis en situación, tenía veintiún años recién cumplidos, un par de trabajos temporales, estudiaba y, por supuesto, estaba la Vespa 200 con la que realizaba las escapadas que mi muy breve presupuesto me dejaba. Llevaba unos fines de semana quedando a tomar algo con un par de amigos (un chico y una chica) con los que hacía judo, y para completar las “dobles parejas” sin derecho a roce venía la prima de la chica. Ella enseguida me llamó la atención porque… no sé como explicarlo… la veía tan bella, tan por encima mío, que no podía sino prestarle toda la atención. Además, era “valenta” (valiente), sabía desenvolverse en cualquier situación, trabajaba de forma autónoma y, para acabar de redondearlo todo, tenía moto. Un scooter de 75cc sí, pero matriculado, nada de ciclomotor. Ella tenía el mismo permiso A2 (para cualquier moto y cilindrada, hoy en día A) que yo… Hermosa, sofisticada, femenina y además motera. Demasiado para un cara-grano como el que escribe.

Pero fíjate cómo son las cosas, una de esas noches de cuba-litros y cervezas surgió el comentario de una iglesia dentro de una cueva que conocí haciendo la mili. Dije que algún día iría a buscarla… y, sin darme cuenta, quedamos ella y yo en ir ese domingo por la mañana ¡¡una mujer como ella quería viajar conmigo en mi humilde Vespa!! Encima era febrero, y lo normal era lo que ocurrió… que hiciera frío y estuviera nublado para llover. Yo no tenía coche, y ella tampoco, pero no surgió ninguna duda: patada, dos acelerones y primera… a buscar la Cueva Santa (Castellón) que fuimos. A buscarla y no encontrarla, porque sin conocer la zona, acabé equivocándome de cruce y de carretera. Y encima comenzó a llover débilmente.

La situación era patética: ahí estaba yo con una mujer de ensueño, llevándola en una simple Vespa, con frío, con lluvia y totalmente perdido. Tuve que rendirme ante la evidencia y decidimos buscar un sitio donde parar a tomar algo caliente, lo necesitábamos. Y salimos de la carretera ante el primer pueblecito que vimos, en un lateral de la
montaña, apenas un puñado de casas de piedra desperdigadas. Preguntamos pero no, en esa aldea no había bar… pero sí estaba la casa de Sisco, al final de una calle en cuesta.
Para que os hagáis una idea, aquella era la típica casa antigua de pueblo: gruesos muros, puertas anchas y bajas de robusta madera, algunas macetas de barro y con dos barriles en la entrada, para demostrar que “ese era el sitio”. No acabamos de tenerlo muy claro, pero parece ser que eran “el ultramarinos”, “el colmado” del lugar. Al entrar una sala amplia directamente desde la puerta, sin recibidor. En el medio una gran mesa “de las de verdad” de las que sabes que puedes poner encima dos marranos y ni se va a enterar. Al rededor de ella unas sillas “primas hermanas”. Y la sala... las paredes tenían muebles llenos de cosas, habían sacos y cajas de alimento y material de hogar desperdigados por todos lados, y lo que no cabía colgaba del techo, hacíendolo más bajo todavía para mi metro-ochenta-y-ocho. Sisco y su mujer, los típicos ancianos “de libro” nos obsequiaron con bebida caliente y charla, mucha charla. Cuando salimos de allí de vuelta a Valencia, nuestros cuerpos estaban más enteros y nuestras mentes más llenas. No podíamos traernos nada mejor.

Esa tarde-noche, salimos ella y yo solos a una de esas discotecas valencianas que hicieron famosa a la provincia y que siempre estaban abiertas porque siempre había gente para llenarlas, aunque fuera domingo como fue el caso. Aquella tarde-noche nos besamos y comenzamos una intensa, intensísima relación de más de quince meses. Y viajamos, viajamos mucho. Sólo había que decir “podríamos ir a...” y ella de un salto se encaramaba alegre a la Vespa. No importó la distancia (Valencia-Jarama-Valencia), el desconocer el terreno (Valencia-Cuenca-Ciudad Encantada-Valencia) o el calor (acampada libre en Titaguas... entre otros muchos viajes más o menos largos), sólo había que comentarlo y simplemente dar patada y salir. Una maravilla de mujer, hermosa, sofisticada y valiente. Y muy cariñosa.

No, no volví a pasar por “casa Sisco”. El trabajo me llevó un par de años fuera de Valencia y, sin ella en el asiento de mis siguientes motos, ya no hubo motivo para salir de esa retorcida carretera Alcublas-Bejís a buscar qué pueblo fue aquel que apareció entre la humedad y el frío. Siempre fue mejor seguir haciendo curvas, centrarse en acelerar-frenar-trazar que en mirar de encontrarlo. El matrimonio era muy mayor y la casa muy vieja... seguro que ahora mismo habrá una casa unifamiliar, o un colegio, o un parque. Además, allí teníamos que sentarnos cuatro personas alrededor de la mesa, sólo las mismas personas, sin faltas, añadidos ni sustituciones. Y aquello no iba a ocurrir jamás.


¿Volveré un día a buscar ese sitio? Sí, categóricamente. Faltarán seguro muchas de las personas que salen en la foto... pero algún día volveré. Ahora, con mis 47 años cada día me gusta más salir en moto no sólo por el placer de sentir como domino mi máquina, sino para estacionar al lado del camino y, sencillamente, parar el motor y observar el paisaje. Redescubrir que no todo es “negro con una raya en medio” sino que hay bosques, montañas, gargantas y pueblos, hermosos y diminutos pueblos, llenos de gente buena que alegrará la salida con su charla.
¿Cuando volvemos a salir? Hace ya mucho tiempo...

MM.88



"A de Plata" sigue aquí: 41- Mi Tuti, MotoGP y otras carreras...




2 comentarios:

Anónimo dijo...

:-i

Nani Durán dijo...

Vuelve, pero no a buscarlo, sino a descubrir cómo lo ves ahora, y qué te trae de nuevo la vida, con más años, más experiencia, más vivencias. Siempre hacia alante, con recuerdos y memorias, pero siempre mirando, esperando y deseando descubrir lo que te deparará el futuro.

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