22 agosto 2012

OPERACIÓN VERANO. (Novela) Ella, "la del T-Max" -parte uno de dos-

Llega el verano profundo... y otro año más vuelvo a estar lejos de mi ordenador (cosas de no tener portátil). Así que repito mi Operación Verano, recordando algunos de mis envíos de estos dos años ¡Disfrutar del calorcito y mucha moto!



ELLA, "LA DEL T-MAX" (Parte uno de dos)
Noooo... no os pongáis pesados, no voy a poner mi nombre. Tampoco voy a poner mi edad, pero que sepáis que si escribo bien no es por mis años de LOGSE, sino gracias a dominar el arte de modificar en el ordenador las -muchas- palabras que siempre me salen subrayadas en rojo. Pero sí os digo... rondo cercano a los veinte. Suficiente. Así protejo mi identidad... y sobre todo la de Ella.

Ella la conocí en la Concentración Motera que celebramos en mi pueblo todos los años. Llegó junto tres hombres, con una moto de cada palo: una custom ultrapreparada, una naked bastante vieja, una moto de turismo llena de maletas y bolsas, y Ella, con un elegantemente decorado T-Max 500. Me saca un par de años y no es muy alta, como yo, pero allá donde iba atraía la vista de los muchos hombres -y de algunas mujeres- que pululaban por ahí. Sus pantalones de cuero se ceñían espectacularmente a sus piernas que se adivinaban hermosas. Sus caderas dibujaban unas curvas que rozaban la perfección, más cuando acababan en una estrechísima cintura. Arriba, sus pechos tenían el tamaño perfecto para hacer su cuerpo de diez. Su pelo negro le caía lacio sobre los hombros, y rodeaba su cara, si no bellísima, si enigmática y atractiva, reforzada por esos ojos oscuros como dos gotas de tinta, ojos que mareaban si los mirabas con intensidad... parecía que fueras a caer en ellos, sombríos pozos sin fondo. Un maquillaje salvaje, sofisticado, dejaba a las claras su inaccesibilidad para nosotros, simples mortales.
Por supuesto, acercarse a Ella, “la del T-Max” era misión imposible: siempre llevaba una extraña nube de hombres alrededor... tal era su magnetismo. Todos intentaban conocerla. Todos intentaban satisfacerla. Pero jamás iba sola, siempre llevaba a su lado a alguno de sus tres acompañantes.

Claro, yo tampoco es que pareciera tener muchas oportunidades. Había llegado con "la 350" (la voy a llamar así, porque es un viejo modelo Trail que se está convirtiendo en muy rara de ver. Ya sabéis, no quiero dar pistas), heredada de mi hermano que la heredó de mi padre. Mi padre la mimaba... mi hermano no. Así que cuando llegó a mi poder, tuve que trabajarla para que funcionara decentemente. Eso sí, su estética no era de lo más logrado: unas dos décadas en su chasis, muchas excursiones de montaña, dormir en el peor sitio del bajo, y un perro que le encantó mordisquear plástico en su juventud. Pero me llevaba y traía a trabajar, me hacía gozar de la montaña y encima apenas pedía mantenimiento. La moto ideal para un cara-grano como yo.

Para acabar de solucionarlo, entonces -ni ahora- me sobraba el dinero que digamos. Trabajaba en el bar de mi pueblo, al lado de donde se hacía la concentración. Ese fin de semana lo había pedido libre "para lo de las motos", pero no me pude librar de trabajar el sábado noche. Así que ahí iba yo aprovechando la tarde, con unos vaqueros por encima de mis viejas botas de cross, una chaqueta con algún arrastrón campero, y un casco que iba "a juego" en número de lesiones. Encima ni sobresalgo por mi físico, ni mucho menos por mi cara. Sólo mi pelo rebelde y siempre alborotado llama la atención... las chicas siempre quieren -en vano- lograr que permanezca un rato en una posición normal. Al final, siempre acaban cansándose de su rebeldía (y de mi simplicidad) y buscan cosas más divertidas... vamos, que triunfo poco, para qué mentir.


Después de unos vinos con buenos moteros al lado del fuego, volví al bar a cumplir mi noche. Algunas chicas guapas, algunos brutos con algo más de alcohol de lo normal (este año se veían pocos picoletos... tendrían cosas más importantes que hacer) y después de las cenas, cuando la gente estaba empezando a arrancar para buscar sitios más divertidos, entró Ella, la del T-Max. Como si hubiera entrado una estrella de cine famosa, todos callaron, todos la miraron. Ella, acompañada "del de la custom" apenas giró la cabeza, buscó un hueco amplio a la izquierda de la barra, y se sentaron allí. Pidieron dos cervezas y unos frutos secos para picar, y se escondieron entre cuchicheos a sus charlas... y yo a mis clientes.

No sabría decir cuanto rato pasó, pero de repente, noté un perfume que activó todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Me giré despacio... y ahí estaba ella, mirándome fijo a la cara. No me había dado cuenta, pero su acompañante había desaparecido: -"¿me vas a poner otra cerveza, o la tengo que pedir?"
Mis manos temblaban cuando intenté abrir el tercio, antes un movimiento mecánico, ahora una ardua operación de quirófano. Como antes, no insistí en ponerle vaso, y ella se llevó la botella directamente a la boca, con esos labios sensuales... ufff... debo pensar en otra cosa...
Por un rato, su cara pareció relajarse, y estuvimos con una charla informal, relajados, como si algo más que una barra nos uniera. Había química, no había duda. Pero de repente, mi ilusión se vino totalmente abajo. -"Oye ¿donde puedo encontrar un poco de coca en este pueblo?" me disparó a bocajarro. Yo, que en mi familia he sufrido el maldito azote de la droga, estuve tentado de sacarla a patadas del bar. -"Si quieres mierda, aquí no la vas a encontrar. Ve a la plaza de Los Patos, detrás de la Iglesia, e igual hay algo. Pero aquí no queremos de eso... así que termina esa cerveza y vete. Aquí ya no bebes mas." Ella por un momento me miró como si hubiese pasado un examen, pero enseguida volvió su cara de diosa, ajena a mis mundanos problemas. Apuró la cerveza, echo un billete en la barra y salió, con varios pares de ojos clavados en su trasero.  

(Sigue mañana)

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